domingo, 20 de julio de 2014

TERRENO (Capítulo II)



Ilustración Isabel Ruiz



Antes de proseguir con este testimonio, es necesario que me permitan hacer varios incisos en el relato. Me es imprescindible matizar mis intenciones respecto a esta declaración, concretar el método que he seguido para documentarla y definir las circunstancias que han influido en mi punto de vista sobre los hechos que les describo.

Comenzaré con esto último:

Resulta evidente que sufro del mal de la añoranza, una enfermedad sin diagnóstico que hace que uno se enfrasque en conmemorar lo que le fue grato, lo que le fue posible y lo que no debe ser recordado. De ahí que les haya dado tanto detalle sobre el pasado de un pueblo que, con toda seguridad, ustedes no visitarán nunca. No lo hicieron cuando Don Antonio lo transformó a su gusto y no lo harán cuando hayan concluido este desastre con el que pretenden, como siempre ocurre en este país del carajo, que la selva devore los desmanes cometidos y los borre de la historia con su digestión de anaconda.

Al mismo tiempo tengo miedo, no se lo voy a negar. Por esta razón escribo cuando puedo y no cuando deseo. Debo hacerlo a escondidas, madrugando antes de las madrugadas para evitar coincidencias con turnos, cambios de guardia y dianas desafinadas. La falta de costumbre de mis despertares ante horarios tan prácticos para dormir; el cansancio que generan las tensiones de los días; y esta vejez mía que aturde en lugar de despejar; se conjuran y provocan que cada vez más a menudo, en lugar de ser fiel a mi cometido de escribano, me solace en el descanso y no ponga en pie ni media palabra.

Porque deben saber ustedes, si no lo han intuido ya, que desde la llegada a Terreno de las tropas de asalto, vivo encerrado y oculto en la mansión de Don Antonio. 

Como nadie busca lo que no está perdido, decidí, muy a mi pesar, ponerme de su lado en este pleito y, en el mismo día que me di por preso, conseguí que se trasladaran a la mansión mis archivos e instrumentos. No se me ocurrió mejor artimaña para evitar los registros a contrapié, los juicios sumarísimos de la playa o que cualquiera de estos matarifes, en una de las noches de mal mascar que vienen padeciendo, obrase la epifanía de ver en mí al culpable del robo, ordenase que se me localizará en el pueblo, que se procediese a mi detención bajo cualquier pretexto, que se examinara palmo a palmo mi vivienda, mi parcela y mi consulta, que se incautara cualquier pronóstico delictivo, que se me tomase declaración ordinaria y que, si en ella, yo no declarase otra cosa más que mi inocencia, se me colgara de pies al cielo, se me dejara secar hasta que confesara mis pecados o, en su defecto —como se viene practicando con los jóvenes para que ni huyan ni se levanten—, que se procediera a darme de culatazos en los calcáneos hasta revelar cualquier otro crimen que el dolor me sugiriera.

Pues bien, gracias a esta paradoja que me convierte en prisionero de forma voluntaria, durante las siete jornadas que su ejército lleva acuartelado en la finca de Don Antonio, he logrado camuflarme con la mismísima luz del día: me paseo ante los soldados con completa inmunidad, organizo su intendencia y desarrollo consultas para coser costurones, aliviar pesares, calmar cefaleas y adormecer los insomnios que, por tanto dedicarse a la redacción de listas, al cálculo de incursiones y al sorteo de próximas matanzas; se les han ido cocinando a sargentos y oficiales en los salones vacíos de sus mínimas seseras. Sirviéndome de ese artificio que, al aliviarles, agiganta mi popularidad y mis pequeños secretos de botica; la soldadesca me introduce de forma natural y amigable en sus conversaciones; me invitan a tomar un trago por si, agradecido y fraternal, deseo delatar a algún vecino que tuviera algo que ver con el mal de Don Antonio; y, de confianza en confianza, voy cultivando tamaña necesidad de mis servicios que, hoy mismo sin ir más lejos, dos oficiales me han pedido que traduzca al lenguaje de las personas las órdenes escritas que recién les han llegado de la capital, esas que prescriben ustedes a mucha distancia para que, como es natural, sean ejecutadas a mayor distancia de ustedes mismos, si es que eso es posible.

El resto del día, hasta que la noche llega y se asienta el clamor de detonaciones y balaceras, cuido de Don Antonio aunque para hacerlo no exista otro estímulo que no sea el de mi propia supervivencia. Aún sin haber dado dictamen alguno a este respecto —su mudez y su desorden mental parecen inmutables—, el enfermo, con permanecer vivo y no enterarse de cuanto ocurre, cuida de mí. Y ya puestos, en una carambola de intereses algo más que curiosa, también me salvaguarda la necesidad que tienen ustedes de que alguien cure el desconsuelo de Don Antonio, haga que le entre el ánimo y le devuelva, por cualquier medio, el habla y la cordura. ¿Y quién mejor para desempeñar esa tarea que su médico de toda la vida? Miren, señores, de la respuesta a esta cuestión retórica nace lo extraordinario, la carambola que les comentaba hace un instante. Y es que, vistas así las cosas, está triangulación de necesidades y dependencias mueve el destino de tal manera que tanto Don Antonio, como ustedes, como ese pelotón de malparidos que está masacrando Terreno, protegen sin sospecharlo a la persona a la que más deben temer: a éste humilde doctor que les escribe. Dado que la concepción de esta última catástrofe fue idea suya, reconocerán que, en un principio, los oficiales de la primera avanzadilla cumplían órdenes muy distintas. Pero, como bien sabemos los viejos, si Dios juega a los dados el Diablo mueve el cubilete. 

Cuando los comandos tomaron la finca dispuestos a convertir la vivienda en el cuartel general desde donde se organizara la represión, se abortara la amenaza y se negociara con Don Antonio Manrique para que se aviniese a razones; no imaginaron cómo el esperpento que terminaron hallando cambiaría todo lo ordenado. En lugar de enfrentarse a un titán y a una población que defendería, hasta su último aliento, a quien tanta prosperidad les había llevado; se dieron de bruces con la realidad de un Don Antonio poco imaginable. Ante ellos se descomponía un alfeñique encerrado en su inmundo dormitorio, un ripio gesticulante y silencioso, un badajo sin campana enloquecido, contrahecho y embarrado en su propia humanidad y en la ajena cochambre del tiempo. Un enfermo, en definitiva, para el que aquella primera avanzadilla no había llevado médico y, para colmo de lo imprevisto, un ser al que se odiaba de tal manera en este pueblo inesperado, que se volvieron todas las tornas, se sacaron una infinidad de conclusiones erróneas y se cambiaron las directrices pues, como no podía ser de otra forma en éste lugar, lo equivocado resultó tan lógico como lo verdadero: 

De improviso, Don Antonio Manrique no era ya el enemigo a convencer o a combatir; el enemigo era toda la población de Terreno. Tanto los descendientes de los antiguos como las familias de los nuevos, tanto el estado llano como el abrupto, aunados por la envidia, desagradecidos por patologías milenarias y ávidos de riquezas como suele ocurrirle a la plebe; se habían levantado contra su benefactor, habían tomado al asalto la mansión y, durante el saqueo de la propiedad, habían dado con la piedra filosofal de todo este embrollo, aquello que ustedes anhelan y yo he robado: la conciencia de Don Antonio Manrique, amigo, compañero y miembro de la misma logia a la que pertenecieron todos ustedes, fraternidad de donde deberían haber sido expulsados por la conjunción amoral y genocida de todos sus actos. 

Ya de esta guisa, por ese arte de birlibirloque que conduce cualquier razonamiento hacia el provecho propio, también convinieron que la llamada telefónica que les efectuó su maltrecho amigo, aquella misma mañana del 23 de marzo en que, entre llantos e hipidos, les amenazó con desvelar cuanto permanecía oculto; sólo se podía entender bajo la influencia de otra amenaza, la de una muchedumbre chantajista y desbocada que le hubiese obligado a hacer lo que ni en sueños hubiese querido. Así, tras un cambalache de interpretaciones contradictorias, el desquiciado Don Antonio recuperó, a su entender, la confianza que siempre depositaron en él, fue aplaudido como el héroe capaz de soportar sabe Dios qué torturas que le llevaron a perder la razón, y, por el contrario, todos los habitantes del pueblo, salvo contadas excepciones, se convirtieron en sospechosos de felonía y, por tanto, en enemigos de un gobierno que nunca había mostrado el menor interés por ellos hasta que, hace treinta y tres años, asomó por el viejo camino de Terreno la sombra sinuosa de Don Antonio.

Poco más se puede añadir a la explicación de todos estos avatares salvo lo que se refiere al proceso de mi entrega a su ejército y mi encierro en esta mansión desguazada. A este respecto sólo diré que, una vez más, la casualidad, la coincidencia, el curso de los astros o el choque de átomos que no interesan a la ciencia; dieron sus frutos favoreciendo una solución que conllevaba mi propia condena. A la mañana siguiente de la llegada del primer grupo de soldados, sin que yo supiera nada de esta operación secreta, aparecí por la propiedad para comprobar si mi paciente se había muerto de una vez por todas. Ya hacía dos semanas que lo había abandonado a su suerte no sin antes proveerle de alimentos en demasía, píldoras y jarabes como para tumbar a dos puercos, y agua suficiente como para beber hasta ahogarse si es que así lo requería. En cierto modo, había dado por incurable a mi cliente y, por no parecerme a él, también había decidido que fuera la vida y no yo quien diera cuenta de su sanación o su muerte. Me concedía con este ejercicio una posibilidad de defensa al ser culpable de desidia y no de asesinato.

Llegué a la entrada principal de la finca sorteando los extensos manglares y las zonas pantanosas que las empresas de Don Antonio llevaban años desecando sin éxito alguno. La intención de tan fatigoso rodeo consistía en mantener el absoluto incógnito de mi visita. Nadie debía tener conocimiento de mi consulta para que el pretexto de mi inacción siguiera manteniendo su solidez. Tanto y de forma tan nociva han cambiado las costumbres en Terreno que la curiosidad, inexistente antaño, es, hoy por hoy, machete al que le han afilado los dos cantos.

Me extrañó volver a encontrarme la verja cerrada pero, como uno ya vivió sorpresas y milagros, di en pensar que Don Antonio, para escarnio de sus vecinos y empleados, había vuelto a apretarse los machos de la cordura. Grité su nombre hasta cuatro veces haciéndome altavoz con ambas manos. Al no obtener respuesta probé con el nombre de su última mucama. Tampoco contestó nadie y, ya decidido a saltar la verja cosa que no me hacía la menor gracia, me identifiqué a gritos. Fue entonces, al escuchar el primero de mis oficios, cuando aparecieron de entre los matorrales tres soldados armados hasta los dientes. Al identificarme como quien he sido durante todos estos años —el médico, contable y notario a las órdenes de Don Antonio—, me dieron acceso a la finca y, temerosos de ser descubiertos, espolearon mi paso hasta la casa.

No pude ver a Don Antonio hasta mucho más tarde. Antes me presentaron a dos oficiales que, con una seriedad impostada, procedieron a interrogarme en buena lid, como quien mantiene un examen médico. No obstante, al analizar sobre la marcha el carácter de las preguntas que se me hicieron, al relatarme la versión de los acontecimientos según los habían interpretado ellos; y al conocer por boca propia el oficio e intenciones de aquellos mandos; supe que sobrevivir, y dar una última oportunidad a las gentes de Terreno, pasaba por jugar el resto de la partida bajo las órdenes del enemigo, pasaba por preparar esta confesión y mi venganza y, sin más remedio, pasaba por mantener con vida a Don Antonio, el hombre al que, unas horas antes, deseaba haber hallado muerto. 




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